No hemos vuelto a la Luna porque estamos muy cerrados a la tierra

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“En la Luna no se puede respirar, no hay aire ni vientos. Por tanto, las palabras no se pueden propagar, no hay música y tampoco pueden volar los pájaros. Y aún así, ¿cómo es posible que un lugar sin atmósfera pueda ser tan encantador?”.

Esta es una de las preguntas que vertebran Las mil caras de la Luna (HarperCollins), de Eva Villaver. La astrofísica lleva a cabo un divulgativo repaso a la fascinación por nuestro satélite por parte de todas las civilizaciones. Un paseo de la mano de leyendas y mitos -como el que atribuye el origen del vino a un gran cabreo de la Luna (Selene) con el amante del dios griego Dionisio-. Pero sobre todo, con mucha ciencia y una apasionante colección de datos que desconocíamos sobre nuestra vecina.

Villaver trabaja en estos momentos investigando “cadáveres estelares” para conocer cómo la muerte de los astros afecta a sistemas planetarios como el nuestro. También con ese fin busca planetas alrededor de estrellas gigantescas, de cien veces el tamaño de nuestro Sol. Pero en este libro su mirada está puesta en un cuerpo celeste infinitamente más pequeño y cercano. Uno cuyo magnetismo nos hace mirar al cielo, suspirar y soñar. “No creo que haya un solo ser humano en el planeta a quien la visión de nuestro satélite no conmueva de algún modo”, describe.

¿Qué tiene la Luna que tanto fascina a los humanos desde el principio de los tiempos?

Creo que sobre todo es porque la Luna es el único cuerpo celeste cuya superficie apreciamos a simple vista y eso nos permite escapar un poco de nuestro planeta, imaginar qué hay fuera… Por eso la imaginación ha volado hasta allí desde mucho antes que pudieran hacerlo los cohetes. Está lo suficientemente cerca como para que podamos verla y lo suficientemente lejos para sentir que podemos salir de este planeta.

Además, nos permite tomar un poco de perspectiva sobre nosotros mismos. Si miramos las cosas con tiempo y espacio siempre nos resultan más fáciles de digerir, y la Luna nos proporciona ese territorio donde tomar un poquito de distancia para mirarnos.

Una de las preguntas que nos hacemos de forma recurrente es por qué no hemos vuelto a ella, por qué desde 1972, que fue la última vez que un ser humano pisó la Luna, no se ha vuelto a mandar una misión tripulada al satélite.

Yo creo que es una combinación de factores. Es caro llevar seres humanos allí porque tenemos muchas necesidades entre ellas respirar, comer y volver a casa… Esto nos suele gustar [risas].

Y también hay otro problema: cuesta mucho financiar la ciencia básica [la que responde los porqués sin fines prácticos inmediatos] cuando no hay un interés económico y en la Luna se vio claramente que no había intereses económicos obvios. Después del hito de pisar por primera vez su superficie, las misiones tripuladas tenían que ser simplemente con fines científicos y la ciencia no suele interesar mucho a la política.

¿La ciencia en ese sentido a veces es víctima un poco del cortoplacismo, de la obsesión por el beneficio económico más inmediato?

Sí. Hay mucha falta de miras. No se puede plantear hacer ciencia cuando se intenta obtener un beneficio inmediato. La ciencia básica se basa en la curiosidad, en la capacidad innata que tenemos de descubrir.

No se ha vuelto a la Luna porque el interés comercial sigue estando muy cerca de la Tierra, en órbitas bajas, porque es donde se colocan los satélites. La Luna no tiene recursos que hayamos identificado de forma clara que pueden ser útiles desde el punto de vista económico.

De todas maneras, yo siempre defenderé el interés de la ciencia. Muy pocas de las grandes cosas que han hecho los seres humanos sostienen ese análisis coste-beneficio. Muchas veces se hacen desde un punto de vista puramente científico y luego con los años se ve ese beneficio. Por ejemplo, todo lo que utilizamos hoy en día que no lleva cables es fruto de la carrera espacial, desde los teléfonos móviles al GPS… Y en aquel momento no se sabía.

La realidad es que la opinión pública perdió el interés después del Apolo 11. Se volvió a retomar un poquito con el Apolo 13 (por la explosión y los problemas que hubo con su recuperación). Pero ya las últimas misiones Apolo… Mucha gente ni siquiera sabe que ha habido seis misiones, que ha habido doce personas que han tocado el suelo lunar. Se quedaron en el Apolo 11 y ya.

Desde los años setenta ha cambiado la situación geopolítica y el pulso entre las grandes potencias ya no se libraba en la tecnología espacial, sino que los norteamericanos ya habían ganado esa batalla, ya habían conseguido su objetivo, este era un programa muy caro y se enfrentaban a otro tipo de problemas. Se puso la mirada más allá.

Usted, como científica, ¿cómo lleva que haya gente que defienda estas teorías y otras más locas, como las de los terraplanistas?

Creo que hay algo en el método científico que a la gente le produce mucho desasosiego y es que los científicos no demos certezas absolutas, sino que digamos: “Esto es así de momento porque hasta aquí es a donde hemos llegado en nuestro entendimiento de las cosas”. Creo que ese cuestionamiento de la realidad continua, el hecho de ir moviendo la frontera del conocimiento, a la gente no le gusta. Hay gente que necesita certezas en la vida, las que sean, como la religión, etc… Y utilizan esa narrativa modificable que tiene el método científico para defender cosas absurdas, que no se sostienen.

Se llegó a la Luna. Yo no tengo que convencer a nadie porque está ahí la evidencia. Es un poco inquietante y creo que parte de una desconfianza en la ciencia un poco rara y absurda.

Doce hombres han pisado la Luna y de momento ninguna mujer, pero sí que recuerda a aquellas que tuvieron una gran importancia en las misiones Apolo. En el libro se mencionan numerosas mujeres científicas, astrónomas, escritoras, pioneras. ¿Tenemos que esperar a ser nosotras las que divulguemos para acercarnos a sus figuras?

Hay muchos hombres que también están haciendo esta labor y creo que es una tarea conjunta. Si solo lo hacemos nosotras no vamos a llegar muy lejos, y por eso los muchos aliados que tenemos en la divulgación son importantes. Sí que es cierto que la figura femenina en la ciencia se ha obviado y se sigue acusando ese sesgo de género que es todavía prominente en la ciencia y en la sociedad. Cambiar la sociedad lleva tiempo, queda mucho por hacer, pero creo que vamos en la dirección correcta. ¡Aunque a veces me da miedo lo que veo!

De esas mujeres que trabajaron en las misiones espaciales y que han contribuido a que sepamos más desde un punto de vista científico de nuestro universo, ¿cuál destacaría por su relevancia?

La figura de Margaret Hamilton [desarrolladora del software de las Apolo] es bastante obvia, pero hubo muchas. Yo destacaría el papel de una cosmonauta rusa. Una mujer que estuvo sola en el espacio en una misión en 1963 e  hizo bastantes más horas de vuelo que muchos de los astronautas de las Apolo: Valentina Tereshkova.  Como figura épica me encanta Valentina, porque en una época en la que los norteamericanos ni se planteaban enviar a una mujer en una misión, a pesar de que había muchas mujeres que estaban preparadas para ello, Valentina salió al espacio sola.

Cierras precisamente con un fotograma de la película La mujer la luna ,de Fritz Lang (1929). ¿Confías en que llegará un día que las mujeres de ciencia tengan las mismas oportunidades que las que han tenido los hombres durante todos estos siglos?

Yo soy optimista y creo que la evolución nos llevará a que las diferencias que nos separan de género, de raza, de identidad sexual se diluyan y que nos fijemos simplemente en los seres humanos y en que todos tenemos nuestro lugar en el mundo. La diferencia es buena siempre y cuando no implique que te nieguen hacer las cosas que quieres hacer.

 ¿Cuál es el mayor secreto que todavía encierra la Luna?

La Luna desde el punto de vista de la ciencia es un territorio que no está explorado. Hemos pisado solo el 5% de la superficie y hay muchos secretos que todavía tenemos que desvelar.

Tiene las claves del proceso de formación de Sistema Solar, y es uno de los lugares más cercanos en los que podemos investigar esto. En nuestro planeta hay erosión, hay tectónica de placas, hay vida por todas partes que cambia las propiedades de lo que es una roca inerte. La Luna no tiene nada de eso, por lo que en ella y en sus cicatrices podemos entender el pasado de la formación de nuestro universo.

¿Ha ayudado en algo a la ciencia en España tener a un ministro como Pedro Duque?

Yo creo que sí. Que haya un Ministerio de Ciencia ya es importante y que haya una persona que entienda desde dentro la realidad de lo que supone hacer investigación es fundamental porque una de las cosas que ocurren es que la burocracia muchas veces nos ahoga.

El problema de la investigación es que no se plantea la inversión como lo que tiene que ser, un bien común que no tiene que estar sujeto a los intereses políticos de las próximas elecciones. La inversión en ciencia tiene que aumentar en este país y tiene que ser estable, independientemente de los vaivenes políticos.

Cuenta en el libro que de pequeña se sentaba en el patio de su abuela a mirar las estrellas y se preguntaba qué habría más allá. Ahora es astrofísica y las investiga, ¿qué misterios le gustaría desentrañar?

La verdad es que… muchas cosas. Me gustaría entender mejor, por ejemplo, cómo se destruyen los cuerpos planetarios en el interior de las estrellas. Y cómo evoluciona químicamente el universo. También intentar comprender si realmente somos capaces de detectar vida remota o cómo se desarrolla la complejidad química de la vida.

¿Y perderemos alguna vez la fascinación por el universo y por la Luna, a medida que lo vayamos desentrañando estos misterios?

Yo creo que no. En el momento que nos dejamos de preguntar sobre estas cosas estaremos muertos como especie. A medida que avanza el conocimiento en general te encuentras más incógnitas que respuestas y eso también es muy bonito. Nunca lo tendremos todo sabido.

¿Sabías qué…?

☽ Hay 181 toneladas de basura en la Luna dejados allí durante misiones espaciales. 181.000 kilos entre los que se encuentran 70 vehículos, dos bolas de golf, paquetes de comida espacial, cámaras, martillos, 12 pares de botas, la pluma de un halcón, 96 bolsas de orina, heces y vómitos o semillas.

☾ Los primeros terrícolas en dar una vuelta a la Luna fueron dos tortugas rusas, moscas de la fruta y unos gusanos. Fue en 1968 y estuvieron en el espacio seis días y medio. Junto a ellos, un maniquí enchufado a unos detectores de radiación. Una de las tortugas perdió un ojo durante el descenso de la nave en la que hicieron la circunvalación.

☾ Hay 382 kilos de Luna en la Tierra. Estos materiales fueron recogidos durante las diferentes misiones. Todavía existen muestras selladas que se decidió que se estudiarían en el futuro.

☾ Buzz Aldrin comulgó en la Luna. Cuando alunizó en el mar de la Tranquilidad y antes del salir del módulo, sacó una bolsa de comunión que se había llevado de su iglesia, sirvió vino consagrado que ascendió por la baja gravedad lunar, mojó la hostia y comulgó.

☽ Las banderas de los EEUU que llevaron los astronautas de las misiones Apolo, seis en total, probablemente no sobrevivieran al despegue de la nave. Si lo hicieron, ahora serían banderas blancas por los rayos ultravioletas.

Vía El Diario

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